viernes, 8 de mayo de 2015

La novia

Esta historia parte de la base de una leyenda urbana de un pequeño poblado rural, si es que así puede decírsele, porque habitaban muy pero muy pocas personas, a lo sumo unas trescientas, pero al fin y al cabo era un pueblo. Un pueblo que pertenecía a la provincia de Formosa ubicada en la República Argentina. 

Donde los recursos económicos eran muy escasos y la economía de los aldeanos era bastante, pero bastante pobre. Un lugar donde no había mucha tecnología, donde las noticias de la capital de la gran ciudad llegaban un poco tarde, de hecho solo había una pequeña parroquia ubicada a uno o dos kilómetros del poblado según dicen las malas lenguas. 

Aquella parroquia tenía mucho que ver en esta leyenda urbana, puesto que, Catalina, una joven de 21 años en pareja con su prometido, Roberto, ella quería tener su boda en aquella parroquia junto con toda su familia. El problema estaba en que Roberto, no solo no era creyente, sino que tampoco tenía el tiempo necesario para casarse durante aquella noche, ya que trabajaba en una fábrica metalúrgica por casi todo el día y noche. 

A pesar de todo, su salario no era suficiente como para mantener una familia, y según él contaba, estaba en sus mejores días y anhelaba que lo ascendieran de puesto y así conseguir un salario más económico, por lo cual no podía faltar a su trabajo.

Así es que, Roberto habló con la mano en el corazón con su gerente, ya que llevaban una relación bastante buena, y le pidió que le prestase sólo por unos minutos la fábrica para su boda. Positivamente, su jefe accedió. 
Sin embargo, para la sorpresa de los familiares de los prometidos, la propuesta sonó como si fuese una locura, ¿Se imaginan? todos los familiares chismeando entre ellos “¡Una boda en una fábrica de materia prima, que locura!” se oía escapando de las cloacas de tíos y sobrinos. 

Así y todo, la boda se llevo a cabo. Catalina llevaba puesto un vestido blanco como la nieve, tan largo como su cabello y unos ramos de flores en sus manos, con margaritas y rozas. Roberto, elegante, pero transpirando por el calor que hacía allí dentro, vestía su traje negro y su moño rojo aún con su casco de obrero en la cabeza. 
Todos los familiares se encontraban allí sonriendo, y aplaudiendo, cuando la novia besó a su prometido, que hasta los mismos obreros que se encontraban en la fabrica trabajando, se detuvieron unos segundos para aplaudirle a su compañero de trabajo. Fue un momento muy sentimentalista engordado de puros abrazos entre ambas familias y amigos. 

La cosa fue así, ocurrió tan rápido…que da pena relatarlo. Roberto la llevó a su esposa, Catalina, a dar un paseo por la fábrica, quería mostrarle como era su trabajo día a día. Así que le mostró cada última y primera zona de la fábrica. Pero lo peor ocurrió en la última… 

Mientras Catalina y Roberto subían unas largas escaleras a donde llegabas a la sala de administración donde se hallaba el gerente, pues Roberto quería presentarle su mujer a su jefe y volver a darle las gracias por todo, ocurrió la desgracia… 

Roberto y Catalina iban subiendo de la mano, sonriendo y hablando de los nervios que Roberto tenía por presentársela, cuando el vestido blanco de Catalina se engancho en una tornillo de un tablón de las escaleras, y se resbaló. Soltó su mano, tan rápido que Roberto no pudo hacer nada para evitarlo, y Catalina cayó por el costado de las escaleras, ya que estas no tenían garrotes por sus costados, ni nada con que agarrarse, así que cayó dando piruetas y golpeándose la cabeza, rasgando el hermoso vestido que tanto le había costado a su madre, y cayó a un enorme, pero enorme horno encendido en llamas en los que los obreros trabajaban con distintos químicos. 

Roberto estaba bloqueado, paralizado, no podía creer lo que estaba viendo en sus propios ojos, a su novia ardiendo en el llameante fuego del horno, gritando, gritando y gritando desaforadamente sin parar, llorando de la forma más horrible. De una manera monstruosa del dolor, escalofriante, de una manera poco humana, extraña, gutural. 

Roberto vio como su mujer se quemaba viva, y por más que gritó a sus compañeros de trabajo que apagasen el horno, pero ya era muy tarde. 

Pasados los años luego de esta tragedia, la fábrica quebró, Roberto se suicido la misma noche de la muerte de su novia. Nunca se encontraron los restos de la novia en el horno de la fábrica, los investigadores dicen que ardió de tal manera que sus miembros se desintegraron, a pesar de que encontrar unos que otros huesos pero que poco explicaban. 

La fábrica aún sigue en pie, repleta de escombros, sin obreros por supuesto, y sin emitir un solo sonido desde adentro. Los miembros del poblado no están de acuerdo con demoler el edificio, porque dicen que sería una falta de respeto a la memoria de la difunta. 

Algunas personas, dicen haber caminado cerca de la fábrica y haber oído el eco de los gritos de una mujer, gritos que no acaban nunca. Otros dicen haber visto luces anaranjadas o señales de fuego a través de las ventanas de la fábrica. Pero sin duda lo más interesante de esto, es que muy pocas personas son las que afirman haber visto a la novia vagando dentro de la fábrica vestida con su largo vestido blanco quemado, descolorido, con un rostro indescriptible, que con solo verlo tienes pesadillas cada noche por el resto de tu vida, y que cuando oyes su llanto, sientes un escalofrío que te recorre el cuerpo de pies a cabeza…
 

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